¿Por qué no podemos dominar las emociones?

Por Laura Reina para La Nación

Quién nos vendió la idea de que podemos controlar la vida?”, se pregunta con bronca Antonio Decoud, el personaje interpretado por Guillermo Francella en “Animal”, la película de Armando Bo recientemente estrenada. La pregunta es el disparador de lo que vendrá. Porque la manifiesta cuando su vida casi perfecta, apacible y acomodada da un vuelco de 360 grados. Antes de esa situación límite que le toca atravesar, mucho antes de enfrentarse a la desesperación que le provoca necesitar de un órgano para seguir viviendo, jamás se la había planteado. No lo necesitó nunca. Vivía bajo el efecto ficticio de que todo estaba bajo su control.

Pero la realidad le pega un cachetazo y entonces todo a su alrededor se desmorona. Antonio se ve desbordado. Es un hombre que perdió el control total de sus emociones. Y cuando eso sucede, se transforma en un animal. O en un salvaje, como planteaba “Relatos salvajes” otra exitosa película argentina que supo ahondaró en la cuestión de la pérdida del control. En este caso los personajes de las distintas historias no se enfrentaban a una situación tan límite como la necesidad de un riñón. Era la cotidianeidad lisa y llana la que actuaba como caldo de cultivo del desbalance emocional. Ahora bien; ¿por qué nos identificamos tanto con estos relatos? ¿Qué punto del inconsciente colectivo vinieron a tocar?

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